La primera vez no se olvida dicen. Y es cierto.
Fue hace muchos años pero lo recuerdo bien, vino mi papá a recogerme un domingo. Estaba desayunando y me dijo vamos al estadio, hay triplete desde las 11.30am así que coge unos panes para que comas allá porque nos vamos ahora mismo.
Mi mamá me preparó panes con queso huayanca y panes con manjarblanco para comer durante esa larga jornada. Subí al viejo Volvo de mi papá y partimos rumbo al viejo Estadio Nacional. Alianza Lima jugaba de fondo esa tarde dominguera.
Nos estacionamos en una de las calles aledañas, para mi sorpresa no hicimos cola en la boletería de Occidente (donde le dijiste a mi mamá que íbamos a ir), sino en la boletería de Sur. Me compraste una vincha blanquiazul y mi primera camiseta de Alianza y el clásico "chupete de gaseosa" para calmar mi sed.
Subimos por la escalera inundada de orines hasta ver la luz del sol, había empezado ya el primer partido pero ya había regular cantidad de gente lo que hacía prever un lleno de bandera.
Me quedé mirando a los cuatro lados del estadio, me pareció tan inmenso, tan majestuoso que me quedé inmóvil recordando las jornadas gloriosas que tú me habías contado. Vamos al centro y arriba me dijiste y comenzamos a subir las polvorientas gradas de la tribuna.
Recuerdo el latir del bombo, el papel picado, los contómetros, los cánticos, la bandera gigante que cubría la tribuna, la avalancha después del gol que metimos, el abrazo que nos dimos y el abrazo con aquellos desconocidos.
Nunca he tenido muchos amigos ni he sido popular, pero me enseñaste un lugar donde si me siento parte de una comunidad. Miles de voces, un solo puño.
Esa debe haber sido la vez que te he sentido más cerca de mí, papá. Gracias por ese momento perfecto.
El resultado no importa, no he dejado de ir al estadio desde ese ya lejano día.
En las buenas y en las malas, Alianza Corazón. Por siempre.